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jueves, 30 de mayo de 2019

Poemas entre colegas

No viajo todo lo que quisiera pero quejarme sería delito. En casa, tenemos una multicolor puerta de frigorífico repleta de imanes de lugares que hemos visitado en los últimos tiempos. Me temo que en breve tendremos que cambiar de nevera... Y me temo que de horno y de lavavajillas también, cuyas puertas no lucen magnéticos recuerdos pero sí acusan defectos que pueden llevarlos al punto limpio en cualquier momento.

En las últimas fechas, además de buscar imanes de los sitios a los que voy, intento contactar con poetas de los diferentes lugares para mantener encuentros poéticos, cafés literarios o, si se tercia, como ocurrió en Pamplona -inolvidable-, participar en recitales. Es emocionante, qué duda cabe, y merece la pena el intento por muchas razones. Creo que es obvio y no preciso decir razón alguna.

Lo curioso de todo esto es que en la actualidad tengo más relaciones con poetas de fuera de Cádiz que gaditanos. Y no lo veo lógico, sobre todo cuando, poéticamente hablando, Miguel Ángel García Argüez, Francisco Guerrero Bey y yo, por citar un ejemplo, hemos crecido juntos y juntos aprendimos a dejarnos cautivar por la poesía desde muy jóvenes hasta entregarnos plenamente a ella. O señalo el caso también de Alejandro Luque, que anda desde hace muchos años por Sevilla pero que compartimos muchas horas en la redacción de Cádiz Información; solo nos vemos cuando nos cruzamos por la calle y siempre dejamos en el aire ese "a ver si quedamos" tan odioso que nunca termina de hacerse efectivo. O el caso de José Ramón Ripoll, a quien conocí en Madrid y con el que no he logrado sentarme a tomar un café ni en Madrid ni en Cádiz a pesar de que uno y otro, con cierta frecuencia, andamos por allí y por acá.

Hace unos días, en conversación telefónica, García Argüez (Chapa) y yo dimos un golpe sobre la mesa con un "esto no puede seguir así" y quedamos. Pero son tantas las cosas que se nos acumulan en la distancia del tiempo para contarnos que hablamos casi de todo menos de poesía. El rato, eso sí, fue como siempre: fantástico.

Con afán de poner fin a esta sinrazón de nulidad de relaciones poéticas gaditanas, en fechas pasadas me puse en contacto con un colectivo que se denomina Poetas actuales y con el que me he comprometido a encontrarme en las ocasiones que sus integrantes se citen. Y un primer encuentro tuvo lugar en el seno de Piel de atún, unas jornadas que tuvieron lugar en el Castillo de Santa Catalina hace unas semanas, e invitado por ellos participé en un itinerario poético en el que me tocó recitar poemas en La Caleta, justo en el camino que lleva hasta el Castillo de San Sebastián, y bajo el busto de Paco Alba. Yo, con mi libro juanmanual de supervivencia en mano, cumplí con mi cometido y espero seguir manteniendo contacto con ellos, especialmente con Lola Fontecha, poeta jienense, y con Ramón Luque, un poeta isleño al que conocí en los primeros años del nuevo milenio cuando me tocó ejercer de periodista en San Fernando Información -y donde logré intimar poética y amistosamente hablando con Rafael Duarte, Juan Mena, Ricardo Bermejo y el desaparecido Manuel Pérez Casáux, entre otros-.

En Piel de atún también tuve ocasión de ofrecer un recital de poemas para cuatro gatos -que todo hay que decirlo- y en el que me acompañaron como asistentes mi compañera de suspiros, Ana, y mi pequeño pirata de melena rubia, Emir. Resultó anecdótico que, recitando el poema niño pequeño que fui, del ya mencionado libro, mi peque se acercara hasta mi posición de recitante y se convirtiera en protagonista del momento. No estaba preparado, por supuesto. Cosas del directo.

No es que me postule a favor de ningún corporativismo entre poetas, sobre todo teniendo en cuenta que yo soy muy mío y que los poetas, cada cual a su manera, también suelen ser muy suyos. Pero en mi lucha interna de sentimientos también considero propio que entre poetas nos echemos una mano estimulante. No creo que solo me ocurra a mí que, después de participar en un encuentro, me sienta atraído por repetir la experiencia en las mismas o en otras circunstancias sin caer, eso sí, en una rutina que para nada me atrae.

Lo comentaba con Chapa ese último día que compartimos un rato con varias cervezas y tantos asuntos de conversación: "Tú y yo somos los únicos culpables de que no quedemos más veces", le dije y él se mostró completamente de acuerdo conmigo. Dos personas no discuten si una de las dos no quiere. Y lo mismo ocurre con eso de verse y compartir un rato. Yo ando poniendo mi granito de arena en varias direcciones. Y me encantaría poder afirmar algún día que comparto más momentos literarios con poetas de mi entorno que de otros lugares del mundo. Pero me estoy viendo recitando poemas a los cuatro gatos de los bloques del Campo del Sur. Que no me entienden, ya; pero tampoco se marchan dejándome con mis versos en los labios.

Y para que no se diga, desde aquí invito a mis colegas, conocidos o no, a compartir ratos literarios que, estoy seguro, pueden ser tan productivos como el silencio de la soledad creativa que tanto nos atrae y cautiva. Lo dicho: por mi parte que no quede.

martes, 23 de abril de 2019

"Eskerrik asko"

“Eskerrik asko”. En unas cuantas ocasiones habré dejado salir esta expresión por mi boca, con más aire de anécdota que de otra índole por aquello de lo exótico del euskera para un andaluz de Cádiz como yo. Pero en esta ocasión que ahora refiero la anécdota quedaba bien al margen. Fueron mis palabras primeras, por emoción, por convicción y por deseo, para iniciar mi intervención en el encuentro con poetas navarros el pasado miércoles 17, en plena Semana Santa, en la Taberna Garazi, en la calle Calderería, en pleno corazón de Iruña (o Pamplona, que también se dice así).

Una semana antes contacté vía web con un colectivo de poetas navarros con la única intención de mantener un encuentro informal, un café o lo que fuera para compartir experiencias poéticas y poemas. La suerte me acompañó desde un primer momento y fue una joven poetisa que escribe en euskera, Matxalen Bezos, quien respondió a mi llamada invitándome a un encuentro de micrófono abierto con otros poetas navarros en la citada taberna. De antemano, todo resultaba emocionante.

Llegué a Pamplona la noche del martes antes y ya se sabe cómo suele ser de apretada la agenda cuando se está de viaje. En estas, me vi obligado a decidir entre pasar el miércoles en la siempre magnética selva de Irati con los míos o bien dejarme llevar por las calles de Pamplona para preparar en algún rincón mi encuentro poético previsto para las horas vespertinas. El hecho de haber podido compartir el día anterior una jornada de naturaleza norteña con mi compañera de caminos vitales, Ana, su hermano y anfitrión Ángel, mi alter ego pequeño y rubio Emir y su hermana Adara, río arriba hasta el nacedero del Urederra, me llevó a dejar Irati para otra ocasión más propicia de manera que pude tomarme los preparativos del encuentro poético con la tranquilidad que este tipo de acontecimientos merece.


Así fue pues que, mi bolsa de trabajo al hombro y mi libro juanmanual de supervivencia en mano, encontré rincones por Pamplona donde abstraerme un rato y llenarme un poco más de unas esencias de las que hacía ya más de veinticinco años no me deleitaba. Y en una de estas, en los jardines traseros de la catedral pamplonica, entre el Paseo del Redín y la Ronda Obispo Barbazán, entre jardines verdes y mesas de piedra, hojeé y ojeé mi juanmanual y elegí los poemas que consideré oportunos para la ocasión.

Estos jardines que parecen concebidos para el descanso en las horas de siesta me sirvieron para coincidir con varios jóvenes que canturreaban a guitarra composiciones propias y otras conocidas. Venían de Barcelona y a ellos dediqué el recitado de varios poemas, con lo que gané algo de dicción para el postrer evento poético en una jornada tan silenciosa como suelen ser las jornadas de reflexión y paseo en soledad cuando la poesía marca el ritmo de los pasos, se esté por donde se esté, se vaya por donde se vaya e, incluso, se esté con quien se esté. Con ellos rompí mi silencio y con ellos compartí también algunas canciones, cervezas y vino. Y ellos se quedaron precisamente uno de los ejemplares de mi juanmanual que llevaba para repartir entre mis colegas poetas del encuentro de luego.

Y entre paseos, rincones, versos nuevos nacientes y demás, como siempre suele ocurrirme, el reloj atravesó mi tiempo y la hora se me vino encima y ya no me quedaba más que poner rumbo a la calle Calderería para conocer personalmente a Matxalen y compartir con ella un café previo al acto, que al final fueron tres. Los cafés, me refiero. Matxalen me esperaba ya a las puertas del Garazi. Facebook y WhatsApp le pusieron cara desde días antes, pero a su encantadora personalidad de chica poeta de Bermeo residente en Iruña solo se podía acceder de manera personal.

Ya en la Taberna Garazi, conocí a Drako y su percusión, liado con las pruebas de sonido; a Santi Busto y su guitarra, una acústica de caja curvada y un precioso rojo de aspecto; y a Amaia Lasheras, con su chistera tuneada y dispuesta a recitar sus cosas. Y al poco fueron llegando más poetas navarros con los que tuve ocasión de departir antes del comienzo del acto.

Y cuando llegó la hora de los versos también llegó la hora de las emociones. Nadie me conocía. Solo sabían de oídas y por Matxalen que llegaba desde Cádiz un poeta con sus escritos para participar en el Miércoles Sospechoso organizado por Son Tal para Cual. Varios de los poetas participantes me dedicaron algunos de sus poemas. Matxalen, incluso, que escribe en euskera, tenía preparado el recitado de sus poemas en castellano; le pedí que no, que recitara en su lengua de expresión y por fortuna me hizo caso. Y ya todo fue un deshacerme en lágrimas casi sin parar. No sé qué hubiera sido de mí y de mis emociones si no se hubiera programado un breve intermedio a modo de descanso que me permitió huir a la calle y enjugar en las mangas de mi camiseta negra mocos y lluvia ocular, en tanto que Matxalen me buscaba por todos sitios, enviándome mensajes porque no me veía. Incluso mis nuevos colegas catalanes, que se habían acercado al acto, intentaron animarme sorprendidos porque yo apenas podía vocalizar palabra alguna. Son cosas que ocurren, cosas del directo, cosas de la poesía que nunca me habían pasado antes en no sé cuántos años dedicados a estos menesteres.

Como pude me repuse y de nuevo me encontré dentro de la taberna de las emociones preparado para seguir deleitándome con los poemas de mis colegas navarros. Y llegó mi turno. “¡Juanma! -dijo Amaia-, te toca”. Y en un tris, juanmanual en mano, subí al escenario y pronuncié mis primeras palabras: “Eskerrik asko”. Expresé mi emoción del momento, contuve nuevas emociones aflorando y fui dejando poemas uno tras otro usurpando tiempo y espacio hasta que Amaia me invitó amablemente a dejarlo ya casi arrastrándome fuera del estrado. Lo merecía. Y eso sin cantar un solo poema, porque si Santi llega a prestarme su guitarra…



Eso fue todo. Y todo fue eso. Más que suficiente para salir del Garazi aquella tarde y, dos días después, de Iruña, lleno, pletórico de sensaciones. Y ojalá algún día pueda devolver tanto como aquella tarde aquellos poetas navarros que me abrieron las puertas de su espectáculo y de su corazón me dieron. Quedo en deuda y espero pagar con creces. Y por todo ello no me queda más que decir, una y otra vez y las que hagan falta, ¡eskerrik asko! Y, por supuesto, ¡zuzeneco poesia!